La ansiada nieve por fin ha llegado este fin de semana a nuestros hogares (o por lo menos a los situados cerca de la sierra madrileña). A -2ºC y con un vendaval de justicia he decidido sacar a "Cooper" como de costumbre para que disfrutase de su paseo matutino. Mientras yo me congelaba de frío e intentaba no pararme yendo de un lado para otro, Cooper se metía en el agua, salía, venía a saludarme, se sacudía (¡que detalle!), y volvía a corretear montaña arriba, montaña abajo.

Seguramente si nuestros niños estuviesen aquí probablemente se reirían de la sensación de frío que tenemos nosotros, ya que las temperaturas y las nevadas que tienen ellos en Hungría en invierno no se parecen en nada a las nuestras.
Son estos momentos en los que dejo volar de nuevo mi imaginación y pienso en cómo sería un día de nieve con ellos: levantarme por la mañana ver que ha nevado y despertarles con la sorpresa de lo que les espera, ver su cara de expectación, prepararnos para un día de actividades fuera de lo normal, equiparnos con trineo, guantes, bufanda, gorro...; crear un muñeco de nieve y hacernos la rigurosa foto de familia con él, y mil y una batalla de bolas de nieve. ¡Qué divertido!
Son tantas las cosas que se me ocurren, ¡son tantas las ganas de tenerlos ya aquí a nuestro lado!
